Llevo días intentando plasmar en un papel lo que siento respecto a todo el maravilloso y a la vez tormentoso debate que se está generando en torno a la
#leysinde, la propiedad intelectual y los antiguos y nuevos modelos de negocio.
Por eso solo me queda hacer una petición desesperada y urgente. Una petición dirigida a todos aquellos políticos, distribuidores, productores, actores, artistas, creadores, técnicos y personas involucradas con la industria de la cultura reproducible (omito pues a los arquitectos, pintores, actores de teatro y otros artistas cuyas obras no son reproducibles y por tanto no tienen problemas más allá de los que el mercado imponga).
La mía es una petición simple: Debéis recordar las únicas dos cosas imprescindibles para vuestra profesión. Es lo único que puede salvarnos a todos.
Una es lo que significa cultura:
...la cultura da al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones. A través de ella el hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que lo trascienden.
(UNESCO, 1982: Declaración de México)
Independientemente de los medios, cuanto más accesible, sencilla y fácil de compartir sea la cultura, más avanzaremos como especie. La invención de la imprenta y más tarde los medios de comunicación, los transportes e internet, contrastado con el exponencial crecimiento intelectual, técnico, científico y humano que hemos tenido como especie en los últimos 300 años lo prueban.
Cuando podemos aprender, ver, disfrutar, leer... creamos más y mejor. Y eso va desde Aristóteles, que aprendió de Platón todo lo que sabía y fue un paso más allá, hasta
@alexdelaiglesia y los múltiples homenajes de su última película.
No hagamos que la industrialización de la cultura provocada por los derechos de propiedad intelectual en el siglo XVIII para proteger a los autores se convierta en una herramienta para limitar ese acceso maravilloso al conocimiento que ha brindado internet a casi la mitad de la población de nuestro planeta.
La otra, y casi diría que más importante, es el principio básico que mueve nuestra sociedad actual. Sin entrar a discutir si es mejor o peor, vivimos en una sociedad basada en el libre intercambio donde nuestro deber como creadores es servir de la mejor forma posible a nuestro público. Creamos para ellos. Hacemos películas, discos, conciertos, ilustraciones, cortometrajes y libros para ellos. Disfrutamos creando para que otros disfruten de lo que hemos creado. Ellos son los que tienen la última palabra. Los que deciden si les gusta o no les gusta. Si desean o no pagar por lo que somos capaces de ofrecerles, en el formato que sea.
No debemos olvidarlo nunca. Son ellos los que hacen nuestras películas, que no tendrían sentido siendo proyectadas en una sala (o pantalla de ordenador) vacía. Son ellos los que crean nuestras canciones que no tendría sentido componer y grabar para que nadie escuchara.
Y la realidad, afecte a quien afecte, es que son ellos quienes, gracias a las posibilidades que les brinda la tecnología, han decidido cómo, cuándo y dónde consumir las creaciones que nosotros hacemos para ellos.
No son criminales por tomar algo que está al alcance de su mano. No son piratas, ni talibanes, ni violadores, ni ladrones. Son lo único que le da sentido a nuestra profesión. Ellos y nadie más.
Y si la gran mayoría de ellos han decidido que la forma en que nosotros les estamos ofreciendo nuestras obras no es la forma en que desean consumirla, lo único que no debemos hacer es intentar obligarles a aceptar nuestras normas. Ni con leyes, ni con artículos de tirada nacional, ni con presiones, ni con excusas. Ni siquiera las razones valen.
Lo único que vale es darles lo que quieren, de la forma en que lo quieren. Porque es por ellos por quienes existimos.
No tengo una solución mágica. Estamos intentándolo. Probando nuevos modelos. Explorando caminos. Algunas cosas funcionarán, otras no, pero debemos reinventarnos como industria y como creadores.
Estimados colegas de profesión: si no sois capaces de entender estas dos cosas que son el motor de nuestro trabajo, es mejor que cambiéis de profesión, que os dediquéis a algo menos comprometido, a un trabajo mecánico o menos difícil.
Estos son los tiempos en que vivimos. Las oportunidades surgen en cada rincón. Hay más consumidores que nunca. Canales de distribución capaces de llegar a miles de millones de personas con un coste prácticamente inexistente. Una audiencia cada vez más implicada y participativa que comparte, comenta y promociona de forma altruista nuestras obras, haciendo que lleguen a más gente.
Si no entendemos esto, entonces sí que desapareceremos, pero no por la piratería o internet o la falta de una u otra ley, sino porque no supimos escuchar que el mundo había cambiado.
(termino con este artículo, que explica la solución mucho mejor de lo que yo lo haría)