Moscú, día 3

He tardado tres días en empezar a escribir este breve diario de ruta. Hasta hoy, solamente caminaba con paso desacompasado por calles azuladas y frías. Hasta hoy, el tiempo parecía estar detenido.

En Moscú se enfrentan dos sentidos contradictorios. Uno es el de la antigüedad. Todo es enorme, majestuoso. Cada edificio remite a una gran época pasada.
Otro es el de una modernidad naciente. Uno puede ver cientos de McDonalds por todos lados, comprar crema Nivea en el supermercado mientras se fuma un paquete de Marlboro y mira unos zapatos en Zara.

Pero también adquirir alguno del millón de productos típicos que pueblan las estanterías.
Hasta hoy no me había dado cuenta de que Moscú es una ciudad terriblemente distante. Sus habitantes son fríos y no debes esperar la mínima amabilidad de su parte. Sin embargo, es una ciudad también terriblemente acogedora en la que solo lleva un par de días sentirse como en casa.
Y precisamente, por eso comienza hoy este diario. Porque han sucedido tantas cosas que me siento en las estrellas. En casa.

Nos hemos lev
antado temprano. He estado trabajando en la conferencia que daré en la Universidad de Relaciones Internacionales del Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia (MGIMO), donde me han invitado a hablar sobre "La identidad cultural en el cine español". Les mostraré algunos fragmentos de la obra de Val del Omar, en quien centraré casi toda mi charla. Tambié
n hablaré de Buñuel, de Zulueta, de Victor Erice.
Espero que todos los datos que se cruzan por mi cabeza sobre el cine de nuestro país tengan algún interés para ellos.
Más tarde hemos ido a la Universidad de cinematografía del estado. El mítico VGIK. El lugar casi sagrado por donde han pasado personalidades como Sokurov, Konchalovsky, Eisenstein, Dovzhenko, Pudovkin, Mikhail Romm, Vadim Tusov o mi amado Andrei Tarkovsky.

Nos han enseñado las instalaciones. He regalado una polaroid a unos estudiantes que experimentaban en 35mm con la luz sobre un personaje. He discutido sobre el montaje digital con una montadora analógica que lleva 42 años cortando celuloide con sus manos y me ha dado las gracias por respetar tanto su trabajo. Hemos visto a los alumnos de arte dibujar, a los actores bailar, a los directores planificar sus futuras prácticas. Y finalmente nos ha recibido Tatiana Storchak Nikolaevna, vicerectora de la escuela.

Nos ha animado mucho con nuestro proyecto, elogiando la parte artística y práctica de nuestro modelo de financiación y distribución. Estamos en contacto con ella para poder organizar una charla entre estudiantes para explicarles el modelo y poder discutirlo entre todos, quizá en una de las clases de producción. Ojalá esto sea posible.
Finalmente, le hemos ofrecido como obsequio unos mazapanes típicos de España y a cambio nos ha dado un reloj en forma de cámara, conmemoración de los 90 años de vida del VGIK. Me temblaban las manos al recibirlo.
Justo cuando salíamos, con un sol brillante sobre la nieve que cubría las calles, han llamado al móvil de Julia. Cuando ha colgado, apenas podía contener la alegría. Nos hemos puesto a bailar y saltar por la acera hasta que se ha tranquilizado y me lo ha contado todo.
Tenem
os una carta de apoyo de Roscomos (Agencia Federal Rusa del Espacio), el más
importante organismo espacial junto a la NASA en la historia de la aviación aeronáutica. Apoyan completamente el proyecto, y no solo eso, sino que también han enviado un fax-comunicado a todas las agencias espawciales de territorio ruso para que nos faciliten cualquier cosa que necesitemos. El viernes vamos a visitar la Ciudad de las estrellas. El mítico Centro Espacial Gagarin donde cosmonautas de muchos países llevan entrenando casi 50 años. Apenas puedo creerlo.
También hem
os conseguido una cita con tres cosmonautas. Uno soviético, Boris Volynov, que voló en las misiones Soyuz 5 y Soyuz 21, y dos cosmonautas actua
les que volvieron hace muy poco del espacio, Volkov Sergei y Oleg Kononenko. Comeremos con ellos para comentar detalles del guión y sobre sus vidas. Será un momento histórico.
Para terminar el día, han llegado a la casa donde estamos alojados los trajes de cosmonauta. Viejos, usados, grandiosos... No he podido contenerme.
Quizá, con un poco de suerte, mañana nos digan en la embajada española de Moscú que pueden enviarlos por correo diplomático y nos ahorremos todos los problemas que podríamos tener en la aduana. Cruzo los dedos. Es la una de la madrugada y aún me queda trabajo por hacer. Mañana ocurrirán otro millón de cosas maravillosas y me alegraré cada nuevo segundo de haber escogido esta profesión. Hasta entonces, soñad con vuelos de miles de kilómetros.
Nicolás Alcalá.
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