Moscú, día 4
Hoy he arrastrado 30kg de traje de cosmonauta a lo largo de varios kilómetros por las calles de Moscú. Al principio me hizo gracia. Me imaginé cumpliendo una misión heróica. Después me dolían los músculos de las manos y lo único que deseaba era llegar.
Afortunadamente, el esfuerzo va a tener su recompensa.

Después de reunirnos con Francisco Javier García-Larrache Olalquiaga, agregado cultural de la embajada española de Rusia, prácticamente nos ha asegurado que podrán transportar los trajes a España mediante valija diplomática. Esto nos quita muchos problemas y me tranquiliza sobremanera. Una persona encantadora con soluciones maravillosas. (Creo que también nos escribirá con gusto una carta de apoyo).
Por lo demás, Moscú sigue resultando una ciudad extraña. La única certeza que tengo últimamente es la de sentirme un visitante privilegiado.
En los pasados días he sentido la presencia de los grandes maestros. He visto a Maiakovsky escribir sus versos en una plaza.
Después me he reflejado en un cristal y me he sentido pequeño. Intruso. Extranjero.
Esta noche vamos a ver Milonga argentina. ¿Serán capaces los moscovitas de recrear la pasión porteña? Estoy seguro de que sí.
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