Obra derivada
Obras derivadas nº2 y nº3.
Parcialmente inspiradas en "Poética para cosmonautas".
de Alberto Rodriguez Torices
nº3
La compacidad de esos panteones tuvo en su día una repercusión urbanística. Naturalmente, las familias deseaban conservarlos, pero la NASA, preocupada por la falta de suelo, no quiso ceder. El conflicto se trasladó a instancias superiores, que tiraron por el camino de en medio. Hoy quedan la mitad de los panteones que a principios de siglo, pero han ganado en altura y majestuosidad. En el más grande de ellos puede leerse: "Tu legado, Saturno, se perpetuará en las estirpes futuras". Por contraste, en el sitio más recóndito de todo el cementerio, figura esta inscripción: "Púdrete, Sheldon, a mí ya no me engañas con más estrellas".
No son infrecuentes las alusiones a talentos, destrezas o mañas del finado. La más singular, sin duda, es la de un navegante espacial que parece extraída de un cuento gótico: "Duermo en el ataúd que construí con mi propio soplete", sentencia. Tal afirmación sugiere, siquiera sutilmente, la idea del suicidio, de la extinción voluntaria en medio de la nada. Afortunadamente, los suicidas ya no reposan, como antaño, a la intemperie. De todos es sabido que en otra época - otra época más triste - se despreciaba su contribución higiénica y se les enterraba sin contemplaciones en un cráter remoto. Es posible que en esa orfandad el sueño llegue al amanecer y que en invierno, o en las épocas sin sol, ciertos microorganismos edifiquen sus madrigueras más hospitalarias.
El cementerio, que tiene forma hexagonal, alberga exactamente dieciocho tumbas. No son demasiadas, pero representan un número interesante. El mayor asentamiento se produjo en los cincuenta, por culpa de una astronauta celosa. Todavía hoy se discute quién fue el verdadero culpable, pero los miembros de la Tripulación Argos apuestan por la viuda de Sergei Todorov. Parece ser que, en un ataque de celos, la mujer adulteró la comida liofilizada de su esposo y éste, ajeno al desmán, la sirvió luego en el banquete. Sergei Todorov era un piloto reputado, enemigo de las estrellas enanas y, si nos apuran, de los agujeros negros. Hay quien sostiene, sin embargo, que era adicto a las cartas astrales.
"No perdonéis mis pecados", dice la tumba de Ivan. Ese es el nombre que figura, Ivan, despojado de cualquier otro apellido. Junto a él, envuelto en crisantemos de titanio, un epitafio nos recuerda la lujuria de la vida: "Esperma fui y en esperma me convertiré", sostiene. Hay otros más filosóficos, pero en cualquier caso resultan menos sugerentes.
No es que abunden las frases ingeniosas, pero en la sección oeste, justo debajo de una gran campana de hormigón, dos hermanos gemelos, fallecidos el mismo día, se despidieron con un guiño de complicidad. Es una lástima que estén escritos en cirílico.
Al caer la tarde, se ven las viejas lunas que ruedan por el horizonte. Parecen, en su orfandad, pares sueltos de zapatos. Resulta curioso pensar que, precisamente, cuando alguien muere, suele quedarse con un solo pie calzado. Rotan con pereza y se rozan con sus luminosos anillos de helio. La noche en el espacio no puede ser más oscura. Todos los cementerios lo dicen, pero éste lo hace con un suave júbilo: os espero entre mis lápidas blancas, bajo el polvo rojo que pisáis, en la usura sensual de la muerte.
"No hay plazas disponibles": es lo que refleja el rótulo luminoso de la nave nodriza parada frente a él.

Hay 2 comentarios en esta entrada: